Hoy he leído algo que me ha hecho pensar: cuando nos preguntan cómo estamos, solemos responder contando lo que nos ha ocurrido. Hablamos sobre el trabajo, el ritmo intenso de la semana, decimos que los niños están revueltos o hablamos sobre la salud de nuestra madre… pero pocas veces nos paramos a mirar hacia dentro y hablamos de cómo nos sentimos realmente.
Vivimos mirando hacia fuera. Y en ese mirar constante hacia el exterior, solemos perder el contacto con lo que ocurre en el interior.
Y, sin embargo, es justo ahí donde empieza todo. En esa conexión con una misma, nace el autoconocimiento y el autocuidado y desde ahí, también la capacidad de conectar de verdad con los demás.
No es algo grandioso ni dramático. A veces empieza con algo tan sencillo como darse cuenta de que estamos cansadas, o de que algo que llevamos tiempo sosteniendo ya no nos hace bien, o de que necesitamos parar un momento.
Pero no siempre es fácil. Vivimos tan acostumbradas a sostener tantas cosas a la vez, que en medio de todo eso, a veces dejamos para más adelante algo tan básico como preguntarnos cómo estamos de verdad.
Hasta que un día te das cuenta de algo sencillo pero importante: si no te escuchas tú, nadie puede hacerlo por ti.
El autoconocimiento no es mirarse constantemente hacia dentro ni analizar cada emoción. Es algo mucho más humano: aprender a estar en contacto con una misma. Saber cuándo necesitamos silencio, cuándo necesitamos compañía, cuándo algo nos duele, aunque desde fuera parezca pequeño o cuándo algo nos hace bien.
No se si es cultural, social o aprendido, pero creo que muchas veces, la conexión con una misa y el autocuidado, nos hace sentir culpabilidad y egoísmo.
Y sin embargo, cuando empezamos a conocernos mejor, nuestras relaciones con los demás cambian y se enriquecen.
Porque cuando una sabe lo que siente, lo que necesita y lo que le importa, se vuelve más clara, más honesta y más libre en sus vínculos. Dejamos de reaccionar desde el automático y empezamos a relacionarnos desde un lugar más consciente y más sano.
Y eso transforma muchas cosas: la forma en que hablamos, la forma en que escuchamos y también la forma en que ponemos límites cuando hace falta.
El autoconocimiento no nos separa de los demás. Al contrario: nos acerca de una manera más real.
No creo que el autoconocimiento sea un camino perfecto ni lineal. Hay momentos en los que estamos muy conectadas con nosotras mismas y otros en los que volvemos a perdernos un poco entre el ruido del día a día. Y eso también forma parte del proceso.
Pero sí creo que merece la pena volver una y otra vez a ese lugar interno, aunque sea por unos minutos.
Y a veces todo empieza con una pregunta muy sencilla, de esas que normalmente respondemos deprisa:
¿Cómo te sientes hoy?

